jueves, 12 de junio de 2008

Mamadas para no dormir

Luego que tengo sueño. Y no es culpa mía, sino de los programadores de televisión, que les da por ponerme jugosos caramelos a altas horas de la madrugada. Ayer fue Cuatro la que decidió que a estas horas ande bostezando y añorando un par de horas más de sueño. Estrenaron Californication, con lo que ello supone. Había oído y leído mucho sobre esta serie. Para empezar, me seducía el hecho de ver a David Duchovny (Mulder, de Expediente X) reinventado en un papel ácido. Los adjetivos que seguían a la serie no podían ser más sugerentes: provocadora, irreverente, transgresora... No me lo pensé. Aguanté despierto y vi el estreno.

Desde la primera imagen, Californication promete. Un cigarro apagado en una pila bautismal. Magnífico para empezar. Luego, el protagonista, un escritor que no escribe, sueña con que una monja le hace una mamada para redimirle de sus pecados. Era un sueño, sí. Pero la serie comienza situándonos en mitad de nuestras fantasías. Claro, la monja está buena. Porque si no, no hay fantasía que valga. El tipo se despierta junto a una mujer casada que era la que, mientras dormía, le estaba haciendo la felación.

Al protagonista, como a todos, lo que le interesa es follar. Divorciado, con una hija, intentando recuperar su pasado, ahogado en California mientras suspira por volver a Nueva York, Hank Woody (que así se llama el protagonista) responde a todo lo que nos gustaría ser a los que en la adolescencia fantaseamos con ser escritores. Whisky, descapotable, tías buenas botando sobre la cama... El fornicio, vaya, de los derrotados seductores.

A simple vista puede parecer un topicazo y hasta puede que lo sea. Pero la serie es magnífica. Ritmo, velocidad, sexo, alcohol, drogas... Lo mejor para disfrutar a altas horas de la madrugada. Lo mejor para almacenar en nuestros cerebros para, una vez apagada la televisión, comenzar a soñar. ¡Qué jodido el Dochovny! Siempre consigue que soñemos. En la adolescencia, con ir buscando marcianos. Y conforme vamos madurando, logra que anhelemos ser escritores que no escriben, pero cada día reciben su correspondiente mamada.

martes, 27 de mayo de 2008

Entenderles no es lo imporante

Hace tiempo que las entrevistas con cantantes en televisión resultan planas. Cada vez cuesta más encontrar un artista con gancho, divertido o con algo que decir. La última entrevista que había visto hasta ayer fue la que Gemma Nierga le hizo a David Bustamante el viernes en La Primera. El ex triunfito es un pesado, metido en su papel de tío sensible y moñas, que terminó haciendo taekwondo con un niño. Este tipo de cantantes prefabricados, al constante servicio de la industria, son incapaces de salirse ni una sola vez del guión. Por eso ayer viendo Buenafuente disfruté.

Andrés Calamaro siempre tiene un lugar entre mis músicos favoritos. Sus tiempos en Los Rodríguez e incluso algún tema de Los abuelos de la nada han marcado mi presente como aficionado a la música. Y siempre he juzgado al argentino como artista, jamás como persona, pues, supongo, no me apetecía enfrentarme al temor que me produce un tipo que es capaz de sacar un disco con más de cien canciones. Calamaro no se prodiga mucho en la televisión, así que era una buena excusa para acercarme al ídolo musical.

La entrevista, como todas las de Buenafuente, no fue para nada ofensiva, sino más bien rodeada del buen rollo que el humorista de Reus imprime siempre en su programa (a veces, con excesiva dosis de azúcar). Haciendo gala de un buen realizador, toda la conversación fue en blanco y negro y con planos cortos que nos sumergían en la intimidad de la charla. En ese ambiente, Calamaro estaba a gusto y comenzó con su su doble homenaje.

Por un lado, sus gestos, su teatralidad recordaban a una mezcla de Jim Morrison y Bob Dylan, en esa similitud que le hermana con Enrique Bunbury, que también quiere parecerse a ellos. El homenaje a Dylan y Morrison escondía una profunda admiración, obvio, pero, al mismo tiempo, nos mostraba síntomas preocupantes. Porque Andrés parecía sumergido en un concierto de los Doors, como en una bacanal de alcohol y estimulantes. Quizá Calamaro sólo fingía. O quizá no.

En ese punto, seguro que sin saberlo, el argentino homenajeó un gran momento de la televisión nacional. Una de esas imágenes que han pasado a la historia y tienen un lugar reservado en las vídeotecas nacionales. Me refiero al programa en el que Fernando Arrabal, en evidente estado de embriaguez, regaló un espectáculo gratuito a la par que genial. "Hablemos del milenarismo", decía Arrabal entonces. Ayer, Calamaro, no se hizo entender muy bien en esa confusión en la que discurrió toda la entrevista. Puede que no dijera nada o dijera mucho. No lo sé. Pero dio igual. La diferencia es que a Bustamante se le entiende y aburre, mientras que a Calamaro no se le entiende pero divierte. Músicos frente a meros cantantes, simples intérpretes de soseces.

domingo, 25 de mayo de 2008

Resaca eurovisiva

No pudo ser. Europa perreó sólo los tres minutos que duró la canción, muy dignamente interpretada por Rodolfo Chikilicuatre. Luego, en las votaciones, lo de siempre. Cadena de favores endogámica entre escandinavos, por un lado, y países del este, por otro. Nosotros sólo pudimos contar con Andorra (que nunca falla) y nos votó Francia, que no solía hacerlo, quizá solidarizados con el sentimiento friki. Una vez terminada la gala, rebusqué, mando en mano, por las diferentes cadenas. Y ahí empezaron mis síntomas de resaca: mareos, ganas de vomitar, sequedad de boca, cierta desorientación y pesadez general.

Así que eché mano de la botella de agua (y porque no me quedaba ibuprofeno...) y pasé como pude el mal trago de La Noria. Allí estaba Jordi González haciéndose el digno, junto con su compañera, la que tiene una bonita voz y ya. En la mesa, alrededor del presentador catalán, estaban grandes tertulianos de nuestra época como Alfredo Urdaci o Jimmy Giménez Arnau. Especialistas, claro, en el mundo de la canción en general y en Eurovisión en particular. También por allí pululaba, como un eurofan con acné, el tipo del agujero en la barbilla que antes ofrecía sus ilustradas opiniones en el desaparecido Channel 4 de Cuatroº. Poniendo el punto de pretendido rigor no faltó a la cita Pepe Calabuig, que siempre será recordado por su época como director de Interviú (se desconoce su trabajo posterior).

Mi cuerpo, superviviente en el pasado de batallas como Crónicas Marcianas o Salsa Rosa, podría haber soportado ese ritmo. El problema es que el cuerpo de tertulianos no estaba ayer solo. La Noria había decidido contar para la ocasión con grandes voces de la música nacional. Artistas con mayúsculas, dignos defensores de nuestra tradición musical y de la calidad en el espectáculo. En primer lugar, una indignada Remedios Amaya reconocía no haber visto Eurovisión y no conocer ni siquiera el nombre de nuestro representante. La cantante (?), cabe recordarlo, es conocida por obtener cero votos en su participación eurovisiva, con su famosa barca. Representando a nuestra cara menos friki y zafia, por supuesto, estaban Las Supremas de Móstoles, también contrariadas, en su caso porque ellas sí tenían una carrera llena de esfuerzos y arte a sus espaldas. Por si la elevada carga de belleza musical no fuera poca, entró por vía telefónica Malena Gracia.

Ahí llegó La Noria a su más alta cota de la noche. La neumática artista (así se autodefinió) quiso hacer una defensa de los cantantes de verdad que, como ella, no habían tenido ni una sola oportunidad. El problema es que soltó semejante argumento sin antes mirarse al espejo. Y la otra objeción es que no respetó a la verdad, ya que dijo que TVE no le había dado la oportunidad de promocionarse, mientras que al Chikilicuatre sí. Eso es, sencillamente, mentira, pues la televisión pública sólo dio actuaciones y publicidad al Chiki chiki una vez que éste era el elegido oficial para Eurovisión. Aunque, la verdad, no sé muy bien qué hago tratando de buscarle sentido a esta mujer conocida por sus tetas y sus pintas de actriz porno.

El programa resultó lamentable. Y lo cierto es que Rodolfo Chikilicuatre sólo fue una excusa para atacar a TVE, La Sexta y El Terrat, la productora de Andreu Buenafuente. Lo que parece escocer a Tele 5 es que la idea no se les ocurrió a ellos. Porque, francamente, es del todo cuestionable que se proclame defensora de la calidad la televisión que fue capaz de parir Aquí hay tomate, Escenas de matrimonio, Salsa Rosa, A tu lado, Está pasando y tantos otros representantes de la zafiedad, lo soez y el mal gusto televisivos.

Visto lo visto, tenía que buscar una salida a aquella terrible resaca. A los síntomas que estaban destrozando mi cabeza, mi estómago y mi hígado. Así que busqué la pureza, el frescor del agua sana de La Primera. Y me encontré con Juan Adriansens hablando de Wagner, de grandes artistas. Fue entonces cuando comprendí que la mejor solución a la resaca es dormir y que el único que parecía haber entendido la seriedad de Eurovisión fue, precisamente, Rodolfo Chikilicuatre.

sábado, 23 de febrero de 2008

Soy catódico

¿Dónde está el mando?. Esta pregunta nos acompaña a todos durante las dos últimas décadas. En cada salón, cada hogar, la expresión es utilizada por millones de familias. El mando de la televisión, el bastón de mando del sofá. He crecido con esa pregunta. Tengo muchos recuerdos en el sofá de mi casa, junto a mis hermanas, buscando el mando que, muchas veces, se escondía entre los cojines.
Crecí con la radio, pero también con la televisión. La he mamado. Soy de la generación TV, como la de mañana será la generación internet y la de ayer es la generación radio. Mi madre recuerda las radionovelas. Yo, Sensación de vivir.
No sé si me gusta la televisión. Supongo que sí y por eso la veo. Me asomo a cada nuevo programa, doy oportunidad a casi todos los nuevos productos. Observo, disfruto, critico, cambio de canal, bajo el volumen, pongo el teletexto, me tumbo, descanso, me quedo dormido. Todo, con la televisión. Si ella es la caja tonta, yo soy tonto del culo.
Por eso creo este blog. Para hablar de la televisión. Para criticarla y adorarla. Para compartirla. Y, de vez en cuando, para abrir un libro.
¿Dónde está el mando? La pregunta puede tener varias intenciones: apagar la televisión, cambiar de canal o subir el volumen para centrar más aún nuestra atención en aquello que nos gusta.