martes, 27 de mayo de 2008

Entenderles no es lo imporante

Hace tiempo que las entrevistas con cantantes en televisión resultan planas. Cada vez cuesta más encontrar un artista con gancho, divertido o con algo que decir. La última entrevista que había visto hasta ayer fue la que Gemma Nierga le hizo a David Bustamante el viernes en La Primera. El ex triunfito es un pesado, metido en su papel de tío sensible y moñas, que terminó haciendo taekwondo con un niño. Este tipo de cantantes prefabricados, al constante servicio de la industria, son incapaces de salirse ni una sola vez del guión. Por eso ayer viendo Buenafuente disfruté.

Andrés Calamaro siempre tiene un lugar entre mis músicos favoritos. Sus tiempos en Los Rodríguez e incluso algún tema de Los abuelos de la nada han marcado mi presente como aficionado a la música. Y siempre he juzgado al argentino como artista, jamás como persona, pues, supongo, no me apetecía enfrentarme al temor que me produce un tipo que es capaz de sacar un disco con más de cien canciones. Calamaro no se prodiga mucho en la televisión, así que era una buena excusa para acercarme al ídolo musical.

La entrevista, como todas las de Buenafuente, no fue para nada ofensiva, sino más bien rodeada del buen rollo que el humorista de Reus imprime siempre en su programa (a veces, con excesiva dosis de azúcar). Haciendo gala de un buen realizador, toda la conversación fue en blanco y negro y con planos cortos que nos sumergían en la intimidad de la charla. En ese ambiente, Calamaro estaba a gusto y comenzó con su su doble homenaje.

Por un lado, sus gestos, su teatralidad recordaban a una mezcla de Jim Morrison y Bob Dylan, en esa similitud que le hermana con Enrique Bunbury, que también quiere parecerse a ellos. El homenaje a Dylan y Morrison escondía una profunda admiración, obvio, pero, al mismo tiempo, nos mostraba síntomas preocupantes. Porque Andrés parecía sumergido en un concierto de los Doors, como en una bacanal de alcohol y estimulantes. Quizá Calamaro sólo fingía. O quizá no.

En ese punto, seguro que sin saberlo, el argentino homenajeó un gran momento de la televisión nacional. Una de esas imágenes que han pasado a la historia y tienen un lugar reservado en las vídeotecas nacionales. Me refiero al programa en el que Fernando Arrabal, en evidente estado de embriaguez, regaló un espectáculo gratuito a la par que genial. "Hablemos del milenarismo", decía Arrabal entonces. Ayer, Calamaro, no se hizo entender muy bien en esa confusión en la que discurrió toda la entrevista. Puede que no dijera nada o dijera mucho. No lo sé. Pero dio igual. La diferencia es que a Bustamante se le entiende y aburre, mientras que a Calamaro no se le entiende pero divierte. Músicos frente a meros cantantes, simples intérpretes de soseces.

2 comentarios:

Martín Schmitt dijo...

No te olvides que Calamaro ya es padre de familia, no es el de antes. Pero el mito queda. No te atrevas a volver a comparar a un fenómeno con el amigo de Revilla, jeje. Una recomendación, la canción 'Costumbres argentinas', de los Abuelos de la Nada en su versión en directo. Un abrazo

J.L. García Íñiguez dijo...

En Buenafuente parecía un padre de familia puesto hasta las trancas. Te haré caso y buscaré la canción. ¿Los amigos de Revilla no son las anchoas?